viernes, 16 de diciembre de 2011

CUANDO EL PRINCIPIO MANDA


El albor de un relato da la orden y aquella mañana, la tercera de nuestro encuentro literario, veníamos del recital poético más extravagante. Protegidos de la quema de los libros habíamos retenido parte de la literatura en la memoria y ahora, nos contaba Federico que el principio de un cuento es el que manda.
Para comprender la estructura de la narración: planteamiento, nudo y desenlace hay que establecer un símil, una semejanza con el cuerpo del niño el cual crece a través de cánticos, de prosodias, pues todo el espacio que va a habitar está formado por arquitecturas sonoras. Después el niño crece y su madre le cura (le canta canciones con su propio cuerpo, hace al niño consciente de su forma), le conjura. La madre le toca la morfología.
Federico nos canta, como le cantaría a un hijo y después de hacernos conscientes de la importancia del cuento, del canto, de la fábula en la vida del niño, nos habla de Vladimir Propp. Propp afirma que todos los cuentos maravillosos tienen una misma estructura cuyos componentes fundamentales, las funciones, se repiten a lo largo de toda la tradición. En cada cuento siempre están visibles 31 funciones y siete actantes. La estructura será invariable: en un lugar donde reina la felicidad surge una desgracia o carencia, pues la felicidad no dura eternamente. El más pequeño tendrá que irse por el mundo a buscar lo perdido (como Pulgarcito o Hansel y Gretel) o será obligado a ello. Así, descubrirá el mundo de manera autónoma, primero nombrándolo (a través del sustantivo) y luego situándolo (adverbios de lugar). Pasará a preguntarse qué hacer con las cosas (verbos). El hilván de la historia serán las locuciones, generalmente temporales. Si el personaje se pierde aparecerá un mago, hada o animal benéfico que lo ayudará sólo en caso de necesidad.
Inmediatamente después se le plantearán tres pruebas, tres intentos de encontrar lo buscado. Será la manera de presentar a los antagonistas. A la tercera va la vencida y el personaje logra cuanto buscaba, así, regresa a casa y repone la propiedad perdida.

Tras presentarnos brevemente la teoría de Vladimir Propp entramos a conocer la teoría de Greimas que considera que el lector, el oidor es el verdadero constructor del relato en quien se apoya el contador, el narrador. En el escritor debe haber una parte intuitiva que debe acompañarse, posteriormente, de la reflexión.

Es el momento de intuir, de plantearnos la creación. Federico nos hace tres planteamientos creativos aquella mañana en la que el principio manda y nos ofrece tres posibilidades, tres, tres eran tres:
  1. Un principio para pequeños, hasta 7 años:
Hace muchos, muchos años vivía en un castillo un conde que se llamaba Arnulfo que era más malo que un cuervo. De niño…

Hace muchos años vivía en  un castillo un conde que se llamaba Arnulfo, que era más malo que un cuervo.
Todos los días, al despertarse, llamaba a gritos a su criado para que le asease, vistiese y sirviera el desayuno. El criado, nada más oírle, corría despavorido hacia los aposentos  de su señor. Pero, por más prisa que se daba, siempre llegaba tarde y recibía diez latigazos con una sierpe de olivo que, a veces, le hacía desfallecer.
Una mañana, nada más oír el primer grito de Arnulfo, el criado se encontraba al pie de la cama, con lo que el conde no pudo descargar su cólera. Le aseó, le vistió y le sirvió un suculento desayuno con una infusión que le había preparado con la sierpe de olivo. Nada más mojarse los labios, el conde quedó tendido en su lecho para siempre.
El criado abandonó el castillo y emprendió su camino en busca de un lugar en el que envejeció plácidamente.
(Paulino Conejero)
“Hace muchos, muchos años, vivía en un castillo un conde que se llamaba Arnulfo, que era más malo que un cuervo…”
“Tenía una hija llamada Arnulfa que, extrañamente, era tan buena y bella como un cisne.
Al cumplir los 17 años, Arnulfo la encerró en una torre a la que sólo podía entrar él. Y su hija lloraba amargamente cada tarde al caer el sol porque recordaba su infancia cuando aún vivía su madre y nadaban en el lago, resbalando sobre el agua y haciendo piruetas y volteretas cual patinadoras sobre hielo.
Pero su madre desapareció un mal día y, desde entonces, Arnulfo se volvió malo y déspota con su hija y con sus siervos. Los cisnes del lago se fueron a otras tierras donde hubiera más amor que les proporcionara más calor (quizá se fueron con su madre) y, en su lugar, aparecieron cuervos, frío y dolor.”
(Juanma García Bezón)

Hace muchos, muchos años vivía en un castillo un conde que se llamaba Arnulfo, que era más malo que un cuervo…  tenía muy mala sombra y por su cabeza sólo pasaban malas ideas.
A las criadas las encerraba en las habitaciones para que no les diera el sol y el aire. Y a la llamada de la Señora no pudieran acudir, y así ser azotadas.
A los caballos les quitaba las herraduras para que sus pezuñas sangraran.
Y a los jardineros les quitaba sus herramientas para enloquecerlos en la búsqueda.
Su padre el Rey desesperado lo mandó con el sabio Aprendemás con la esperanza de que este pudiera transformarlo.
Pero Aprendemás vio como su biblioteca era quemada, su casa destrozada y su familia desesperada pidió al Rey y al sabio que les alejara a ese muchacho de allí.
El Rey mandó a Arnulfo a las cruzadas.
(Llanos García Ramírez)

“Hace muchos, muchos años vivía en un castillo un conde que se llamaba Arnulfo que era más malo que un cuervo.
De niño…” Su madre le daba leche de almendras y su abuela vinagre de manzana, pero el vinagre tenía más fuerza que la leche, por eso en Arnulfo primaban siempre las extrañas, extrañísimas conductas.
A Arnulfo le gustaba astillar palos y pinchar a los gatos hacia las siete de la tarde, también era de su agrado lamer el azúcar de las rosquillas de la panadería de la esquina de la calle Mediodía, la más distinguida de toda la comarca y dejarlas después de nuevo en la bandeja; eso solía hacerlo cerca de las ocho y media, pero lo más atroz que hacía Arnulfo sucedía de diez y media a once de la noche, a esa hora leía la prensa y cambiaba todos los titulares.
Esta actividad, la de falsificar los títulos de los periódicos, le llevó por motivos del azar a vivir en un castillo negro, negro como la cara de un grillo.
En el negro castillo había tres habitaciones, en una de ellas guardaba montañas y montañas de palos astillados, motivo por el cual en la comarca habitada por el conde Arnulfo no había gatos. En otra, escondía montañas y montañas de azúcar, por eso, en toda la comarca del conde Arnulfo no podían cocinarse rosquillas. en la tercera, guardaba montañas y montañas de titulares sobre economía, política, cultura, deportes… por eso, en la comarca del conde Arnulfo no había noticias. Y la gente vivía en aquella comarca verdaderamente desinformada…
¡Qué malo era el conde Arnulfo, más malo que un cuervo blanco!
(Raquel Ramírez de Arellano)
    El abedul
      Hace  muchos, muchos años vivía en un castillo un conde que se llamaba Arnulfo  y era más malo que un cuervo.
 Su pasatiempo favorito era poner en práctica  las maldades que maquinaba durante  las largas noches en vela; así que tras enfundarse su traje favorito –negro con 32 botones-, y los botines con la punta más afilada de cuantos almacenaba en su vestidor, el malvado Arnulfo salió una mañana de su castillo solo, como siempre.
       Pero  andando, andando ese día se adentró  en el bosque, hasta un claro  en el que crecía un abedul tan alto que parecía tocar las nubes con sus ramas. Era otoño, y las hojas estaban preparándose para cambiar de residencia y una de ellas osó posarse en mitad de su calva.
       ¡Maldito seas, árbol estúpido! - dijo el conde enfurecido- .De aquí a tres días mandaré que te corten.
       La voz estentórea de Arnulfo resonó en el bosque haciendo que todas las criaturas que lo habitaban se estremecieran. Y el eco llegó también hasta la cabaña del leñador.
 Era éste un buen hombre que vivía solo con sus tres hijas desde que  murió su mujer poco después de que sus pequeños gemelos desapareciesen sin dejar rastro.
    Al oír tan terribles palabras se sintió muy apenado ya que sabía que, siendo él el único leñador de la aldea, Arnulfo le mandaría ejecutar tan nefasto deseo. Y cómo iba a ser capaz de talar el único abedul del bosque, ese que había plantado su padre el mismo día en que él vino al mundo, el que había escogido para  hacer a su hija el columpio en el que se pasaba horas y horas. Él no podía hacer eso, pero desobedecer al conde…
       Tan triste estaba que durante la cena no probó bocado.
   Blancaluz , que así se llamaba la más pequeña de sus hijas lo advirtió y le preguntó:
            Padre, ¿por qué estás tan triste?
Y el leñador, que no sabía mentir, le contó lo sucedido.
Blancaluz intentó tranquilizarlo diciéndole que ella iría al castillo y lograría convencer al malvado Arnulfo de que respetase la vida del árbol. El leñador sonrió, le dio un beso de buenas noches y todos se fueron a dormir.
     En cuanto el lucero de la mañana apareció en el cielo, Blancaluz salió de la casa en dirección al castillo. Para llegar hasta allí decidió ir por el camino que atravesaba el bosque y así, mientras caminaba pensaría cómo convencer al conde. Ella, sólo lo había visto una vez, y el recuerdo le helaba la sangre, ¡se contaban tantas cosas en la aldea, todas tan terribles!...Pero cuanto más se internaba en el bosque, más acongojada se sentía, se le secaba la boca, un nudo le atenazaba la garganta, le faltaba la respiración. Justo entonces pasó junto a la Fuente de los Tres Chorros. Se detuvo, bebió un poco y  desmoronada, se echó a llorar. Y tanto  lloró que se quedó profundamente dormida.
    Se apareció entonces una anciana vestida de negro que la miraba fijamente y le decía: “esta noche, cuando haya salido la luna, busca salvia, tomillo en flor y mirto. Después, regresa y bebe agua del primer chorro”. 
   Cuando la niña despertó el sol se estaba poniendo y, aunque  estaba un poco confusa, decidió buscar lo que la anciana le había mandado. No le fue difícil la tarea a pesar de que tuvo que andar durante bastante rato. Una vez encontró las plantas, regresó a la fuente, bebió del primer chorro y, como estaba tan cansada, se quedó dormida.
   Poco después volvió a aparecer la anciana de la primera noche y de nuevo le habló: ”en esta ocasión has de traer caléndula, amapola y flor de saúco. Después, regresa y bebe agua del segundo chorro”.  Blancaluz despertó y decidió obedecer a la anciana, pues aún le quedaba otro día para que el malvado conde cumpliese su amenaza.
    A pesar de que eran flores difíciles de encontrar en esa época del año, Blancaluz sabía que había un lugar en el bosque,  bien resguardado, en el que las plantas florecían a destiempo; ¡cuántas veces había acompañado a su madre a buscar las flores que no crecían en ningún otro sitio! Se dirigió, pues, hacia allí y por suerte, encontró lo que se le había pedido. Regresó a la fuente, bebió del segundo chorro y,  terriblemente agotada, se quedó dormida.
      De nuevo apareció la anciana, esta vez sonriente y sosteniendo en sus manos las plantas que Blancaluz había recolectado y le habló así: “si de verdad quieres salvar el árbol, habrás de traer leche de hoja de higuera, savia de roble y jugo de espino albar. Sólo entonces beberás del tercer chorro”.  La niña, al igual que en las noches anteriores, obedeció, y a su regreso, bebió agua del tercer chorro y volvió a sumirse en el sueño.  Esta vez, la anciana la llamaba por su nombre: “Blancaluz, niña, despierta, porque Arnulfo  se dispone a buscar a tu padre para mandarle  talar el abedul .Odia al árbol porque le recuerda la más atroz de sus fechorías, el secreto que más celosamente guarda: su origen; pues has de saber que Arnulfo no es humano aunque lo parezca. ¿Te has fijado alguna vez en la verruga que tiene?  Pues  no es sino la cicatriz que le quedó cuando un antiguo hechicero le trepanó la cabeza  con un alfiler de madera de abedul para  darle el aspecto que ahora tiene. Si consigues hacer lo mismo que el hechicero, volverá a su primitiva forma, de la que nunca debió salir. No puedo decirte más. Adiós y que tengas suerte”.
    Con los primeros rayos de sol, Blancaluz despertó sobresaltada y vio junto a ella una cesta con frasquitos de ungüento. Pensó en la anciana de su sueño, le dio las gracias en silencio y se dirigió a todo correr hacia el castillo del conde Arnulfo.
    - ¡ Tan, tan ,tan!
   -  ¿Quién osa perturbar mi sueño? vociferó Arnulfo asomándose al ventanuco de la puerta.
     - Soy una pobre niña que vende ungüentos
    - ¿ Y qué clase de ungüentos son esos?
     - Pues…remedios para las picaduras de araña, para las mordeduras de culebra, para las verrugas…
     - ¿Verrugas dices…?preguntó Arnulfo abriendo mucho los ojos - Pasa, pasa, que la mañana está algo fresca. Precisamente  acabo de verme la picadura de una maldita araña, a la que, por supuesto, he matado. A ver si me calmas el picor.
Blancaluz sacó de la cesta un bálsamo, se lo aplicó, y acto seguido el picor desapareció.
        - Bien, bien –prosiguió  Arnulfo-  ¿Tienes algo para borrar esta peca que tengo en la punta de la nariz?
La niña le aplicó  un mejunje y la mancha se aclaró.
Entonces Arnulfo, sonriendo como nunca, dijo:
       - ¿Y para las verrugas? ¿Tienes algo para las verrugas?
       - Y ¿dónde está su verruga, señor? .dijo Blancaluz con el corazón palpitante.
        - Aquí, en la parte superior de mi cabeza.
        - Es que, señor, como soy bajita…
       - Vale, vale, me sentaré en mi sillón de terciopelo rojo.
       - Es que… sigo sin divisaros bien y… es muy importante que aplique el emplasto sólo en el sitio preciso, si no os podría quemar la piel.
       -¡Qué dices!  Bueno, bueno, me sentaré en el escabel donde suelo reposar mis pies, a ver si así…pero ten cuidado, ¿eh?
Cuando Blancaluz vio la espantosa verruga casi da un grito, mas logró dominarse. Metió la mano en el bolsillo de su vestido, sacó el alfiler para  el pelo que su padre talló en madera de abedul  a su  madre como regalo de bodas  y que, tras el fallecimiento de ésta siempre llevaba consigo, y, con todas sus fuerzas, se lo clavó en el centro de la calva.
  El grito de Arnulfo se oyó incluso en las aldeas vecinas -algunos pensaron que fue un temblor de tierra- .Acto seguido, de los afilados botines crecieron unas espantosas garras afiladas, de cada uno de los 32 botones que cerraban su traje apuntaron unas negrísimas plumas  que comenzaron a agitarse y un enorme cuervo salió entonces revoloteando como enloquecido desde la torre más alta del castillo en dirección al bosque… Las paredes temblaron y en el sótano  se empezaron a oír voces como de niño.
     El leñador, que había acudido al castillo preocupado por su hija, no sólo se encontró con ella sana y salva sino que pudo reconocer entre los niños que salieron del sótano a sus hijos gemelos desaparecidos tiempo atrás. Todos se abrazaron  llorando de felicidad y regresaron a su casa en el bosque donde vivieron felices el resto de sus vidas.
      Dicen que desde ese día las ramas del abedul tienen unos granitos que se parecen a la verruga de Arnulfo y que cada otoño un cuervo enorme se posa en la rama más alta y grazna lastimosamente.
       Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.
(Modesta Moreno)

  1. De 8, 9 y 10 años:
Ayer por la tarde al salir de la escuela a mi amigo Raúl y a mí…

Ayer por la tarde al salir de la escuela a mi amigo Raúl y a mí, nos sucedió un hecho muy extraño…planeó sobre nuestras cabezas una urraca, y nos arrojó una piedra preciosa (yo creo que es un aguamarina, pero mi amigo Raúl dice que es una amatista).
Esta piedra nos traerá suerte, y yo creo que cuando nos vuelva a preguntar la Sta Teresa la tabla de multiplicar del 7 nos va a salir de corrido y no nos vamos a atrancar en el 7, ni en el 8, ni en el 9.
Aunque mi amigo Raúl dice que es mejor que la vendamos y nos podríamos comprar un montón de cromos del Real Madrid y del Atleti.
Pero creo que una piedra tan magnífica y extraordinaria, ha de ser conservada para que nos de fortuna con la Sta. Teresa que todos los días nos pregunta la lección y yo ya llevo una ristra de ceros larguíiiiisima.
Además estoy segura que esta piedra tan extraña si la frotas tiene que lucir y sería magnífico que por la noche la lleváramos encendida y poder buscar pistas y secretos.
A mí me interesan mucho los secretos, porque todo a nuestro alrededor está lleno.
(Llanos García Ramírez)

“Ayer por la tarde, al salir de la escuela, a mi amigo Raúl y a mí…” nos sorprendió la noche jugando en el descampado. En el descampado de detrás de la escuela hay un autobús abandonado. Cuando llega la tarde, Raúl y yo nos reunimos allí. Hemos creado una banda, la banda MORSA. Esta banda tiene como finalidad primera la disecación de insectos del descampado.
Debajo de cada asiento del autobús, en botes de cristal, guardamos uno de cada especie. Los botes los recojo de la basura cuando los tira mamá al acabarse la miel o la mermelada.
En un letrero de papel escribimos el nombre de cada insecto. Alguno no sabemos cómo se llama, pero nos lo inventamos por eso tenemos: el RETROPITUS, se trata de un pequeño cuerpo negro y alargado lleno de estrías, en la cabeza tiene unas largas antenas que suponemos le sirven para espiar a los demás bichos y esconder en ellas sus secretos. La CARATRINA hace un extraño ruido cuando se queda quieta bajo las hierbas largas, es parecido a un grillo pero de color más azulado. El pequeño BICHO SETA tiene la cabeza semejante a la forma de una pequeña campana, como la que tenía en el mostrador el recepcionista del hotel de Benidorm al que fuimos de vacaciones. No tiene antenas pero sí los ojos saltones y no hace ruido.
¿Qué para qué usamos los insectos? pues… ¡para asustar a las chicas!
Y ayer por la tarde, Raúl y yo andábamos elaborando un plan de “sustos terribles”. Queríamos ver a Amanda con las trenzas deshechas del susto y a Teresa gritando como una gusarapo…
Por eso, tenía que ser un plan muy bien elaborado y se nos fue el santo al cielo, es decir, que nos sorprendió la noche y mi mamá y la mamá de Raúl tuvieron que bajar a buscarnos al descampado, justo cuando íbamos a atrapar un TRUPILAMIS y nos subieron a casa. A mí de la oreja izquierda y a Raúl de la derecha.
(Raquel Ramírez de Arellano)


“Ayer por la tarde, al salir de la escuela, a mi amigo Raúl y a mí…”
“… nos entraron ganas de ir al parque. Allí, en un banco, estaría el Rober con todos los colegas.
            Por el camino, pararíamos en la tienda de los chinos para comprar unas Coca-Colas y pasar la tarde.
            Al doblar la esquina de la Avenida Principal, observamos que habían puesto una tienda nueva de cómics. Nos entró la curiosidad y, como teníamos tiempo de sobra, entramos.
            Era una tienda pequeña, con muchas estanterías repletas de libros, álbumes, fotografías, muñecos, … y, al fondo de la tienducha, un anciano encorvado escribía con una pluma sentado en un pupitre.
            A Raúl y a mí nos entró un poco de repelús. Aquello no nos gustaba, así que, decidimos pirarnos.”
(Juanma García Bezón)


Ayer a mediodía, al salir de la escuela, a mi amigo Raúl y a mí nos entró un hambre atroz. Decidimos ir a la tienda de chuches de la esquina de la plaza, pero estaba cerrada. Fuimos al marcado de frutas del final de la calle, al supermercado nuevo de la avenida y a los puestos ambulantes de la plazoleta de las palmeras, pero todos estaban cerrados.
Cansados y con las tripas rugiendo nos sentamos en uno de los bancos del parque. Pasó por allí Abdel. Abdel es el chico nuevo de clase. No habla bien español. Es moreno y delgado y se le dan bien los deportes. Aún no tiene amigos en el colegio. Llevaba algo entre las manos. Parecía un pastel o una empanada. Tenía una pinta deliciosa. A mi amigo Raúl y a mí se nos iluminó la cara y Abdel comenzó a reírse al ver cómo se nos caía la baba al ver su comida. Partió en tres la empanada y nos ofreció un trozo. Nunca habíamos comido algo así y no estábamos seguros de qué llevaba dentro, pero no lo dudamos y  lo engullimos en tres bocados. Abdel reía. Con su limitado castellano nos preguntó si queríamos más. Le seguimos hasta el final de la calle y después a través del callejón y de las calles estrechas de la parte vieja del barrio. Nunca solíamos pasar por esa zona. Al torcer la esquina se encontraba la pequeña mezquita y el mercadillo junto al parque. Gritamos de alegría al ver que los puestos sí que estaban abiertos. ¡Qué cosas más raras vendían! Pero… ¡qué bien olían! Probamos dulces de todos los tipos y colores. Abdel no paraba de reír cuando intentábamos pronunciar los nombres de todas esas comidas.
El tiempo pasó volando y llegó la hora de volver a clase. Miramos el reloj y salimos corriendo. Si no nos dábamos prisa llegaríamos tarde y teníamos Matemáticas con Antón. Por primera vez, Abdul no recorrió solo el camino al colegio ni se sentó solo en la última fila de la clase.
(Pilar Saiz Peña)

3. De 11 a 103 años:
Julia estaba frente al espejo de su alcoba cuando…


“Julia estaba sentada frente al espejo de su alcoba cuando…” vio la cuchilla en el suelo cerca de la blanca alfombra de IKEA que adornaba en el suelo a uno de los lados de la cama en la coqueta habitación.
Con mucho cuidado la recogió, con mucho cuidado de no hacerse daño.
Se asomó con el  objeto entre el índice y el pulgar y abriendo delicadamente la ventana, con un movimiento sencillo y rápido cortó de un tajo el transparente hilo del tiempo. Cerró los ojos. Julia se ausentó del mundo tres segundos y cuando volvió a abrirlos comprobó que el cielo, en dos mitades, mostraba su pasado y su futuro.
En su pasada había una imagen otoñal. Un bosque. Una niña con coletas y falda de tablas corría arrastrando montones de hojas marrones con sus pies. Olía a jaras. La niña reía a veces se agachaba para recoger un pequeño puñado que inmediatamente se lanzaba sobre sí misma.
En el lado opuesto del cielo se cernía el futuro de Julia. Una pequeña barca, como la de los puertos de la playa donde veraneaba en su infancia. Dentro de la barca se encontraba la mujer. La barca estaba enganchada con una cadena al sofá de su salón.
Julia cerró la ventana. Fue a la cocina. Tiró la cuchilla al cubo de la basura. Un leve hilo de agua era el rastro que quedaba en el objeto cortante del crimen que Julia hiciera contra el tiempo. Tomó el abrigo, el bolso y cerró la puerta tras de sí.
Tenía que recoger a sus hijos del colegio…
(Raquel Ramírez de Arellano)

Julia estaba sentada frente al espejo de su alcoba cuando pudo ver que alguien la observaba atentamente a través de los cristales de la ventana del jardín. Se giró, pero no vio a nadie. Se levantó inmediatamente y se dirigió hacia la ventana. Abrió los postigos chirriantes y, sacando medio cuerpo fuera del alféizar, miró a un lado y otro. Nada, ni un alma. Cerró los postigos, se volvió a sentar frente al espejo y continuó peinando sus lacios cabellos rubios. Allí estaba de nuevo aquel rostro, con aquellos ojos de mirada penetrante que habían hechizado a Julia. Se giró de nuevo hacia la ventana, pero allí no había nadie. Continuó peinándose y peinándose sin poder apartar la mirada de aquellos ojos .
Cuentan que aún se puede ver el esqueleto de Julia sentado frente al espejo y alisando sus cabellos.
  
(Paulino Conejero)

“Julia estaba sentada frente al espejo de su  alcoba cuando…”
            “… notó que tenía la cabeza vacía. No recordaba nada, no imaginaba, no creía.
            Su cabeza estaba ahí porque aparecía en el espejo pero lo de dentro había desaparecido.
            Se levantó y recorrió paso a paso la casa: el salón, el dormitorio de Nicolás, el baño, la cocina,… Todas ellas, estancias vacías porque no reconocía ninguno de los objetos que allí estaban.
            Cuando llegó a la sala de estar, se sentó en la butaca y en la mesa había algo pequeño y negro con un montón de botones. Uno de ellos sobresalía por encima de todos los demás. Era grande y rojo. Lo apretó y enseguida se iluminó un aparato cuadrado y enorme del que salían unas voces y unos gritos extraños que la horrorizaron al principio pero que, poco a poco, la fueron atrayendo más y más. No entendía lo que decían, ninguna de sus palabras le era cercana. Pero empezó a imitarles.
            Según el atestado, esto ocurrió hará un mes (19 de junio, 18,30 horas) y, desde entonces, Julia continúa sentada en la misma butaca.”
(Juanma García Bezón)
Julia estaba sentada frente al espejo de su alcoba cuando Rodrigo llamó al timbre de su casa. Sabía que era él por la forma insistente de llamar. No cabía duda. Rápidamente se incorporó, cerró la puerta de su cuarto y se tapó los oídos. Permaneció quieta, en cuclillas, con la espalda apoyada en la pared. Si no hacia ruido, Rodrigo pensaría que no hay nadie en casa. No quería verle. Otra vez no. Ya no. Aún se le notaban las últimas cicatrices. Hacía solo dos días que había conseguido volverse a mirar al espejo. No. No le abriría la puerta. Esta vez no.
(Pilar Saiz Peña)

Julia estaba sentada frente al espejo de su alcoba cuando se dio cuenta que le habían salido arrugas en la frente, y tenía en su larga melena, su primera cana...Ahí es cuando fue consciente de la edad que tenía y cómo se le estaba pasando la vida por delante, sin darse cuenta. Comenzó a recapitular su vida desde su más tierna infancia: cómo su madre la peinaba, con qué ahínco cogía el peine y le tiraba para atrás para estirárselo y hacerle una "cola de caballo". Recordaba hasta los tirones de pelo con tal precisión que le dolía todavía hoy. Cómo la vestía y le ponía la muda nueva los jueves Santos, subidita en la silla baja del comedor.
Empezó a recordar todas las estancias de la casa........el patio de los abuelos, rebosante de manzanilla, rosales y árboles frutales por todas partes....los juegos en esa casa tan llena de escondites con todos sus primos, la caravana del abuelo, las cabañas construidas con las cajas de la tienda de sus padres. A la abuela sentada al sol con su moño, sus sayas y sus arrugas bien marcadas en la cara...
¿Me pareceré a ella? ¿Me parezco ya a ella? Alegre, siempre sonriente, pero con un fondo de tristeza, impenetrable, cariñosa y fría a la vez.
Julia despertó de sus recuerdos y lo que vio en el espejo, no era su rostro terso y su pelo sedoso y largo, sino que se vio a ella misma llena de arrugas, el pelo plagado de canas y descuidado.
Y una gran angustia y tristeza quedó así reflejada para siempre en ese espejo.
(Sierra Díaz del Campo)
Terminamos la mañana asistiendo a un ejemplo de estructura que representa Federico en la pizarra narrándonos una historia cuyos personajes son miembros de la baraja de cartas española y que podría narrarse en cualquier dirección: geometría literaria. 


El sábado 17 de diciembre despediremos el seminario con una ponencia de Esperanza Ortega, autora de la obra que hemos estado trabajando, El baúl volador y comenzaremos el nuevo año de la mano de Jesús Marchamalo y su obra Dónde se guardan los libros.
Salud, amigas y amigos.

domingo, 11 de diciembre de 2011

LA CEREMONIA (Homenaje a Fareheit 451 de Ray Bradbury)


Habíamos leído y trabajado la obra de Ray Bradbury Fahrenheit 451. Este texto narra la historia de un extrañísimo futuro en el que el protagonista, Montang, forma parte de una brigada de bomberos cuya labor es, en lugar de extinguir incendios, incendiar aquellos lugares en los que encuentran libros. Esto sucede porque en el país de Montang está terminantemente prohibido leer, así como la existencia de los libros. Los libros te hacen pensar, te hacen sentir y en este país nadie puede estar triste, nadie puede sentir agonía, ira, dolor, porque todos sus habitantes están obligados a ser felices.
Algunas compañeras fueron las encargadas de preparar la atmósfera. Una sala a oscuras iluminada únicamente por la tenue luz de algunas velas. Alfombras de varios tejidos por el suelo y una silla. Sentada en la silla una mujer tapada por un tul blanco que la cubre de pies a cabeza. Otra mujer recibe a los invitados e invitadas a la extraña ceremonia. En orden, los invitados van llamando a la puerta:
-¿Quién va?-responde inmediatamente la anfitriona-
- Los versos del capitán de Pablo Neruda.
-Pase, Los versos del capitán de Pablo Neruda.
Golpes en la puerta:
-¿Quién va?-voz de ultratumba-
- Viento del pueblo de Miguel Hernández
-Pase, Viento del pueblo de Miguel Hernández.
Y así se siguen: Método de lectura de José Antonio Labordeta, No te salves de Mario Benedetti, Disculpa de Poemas Arábigo-andaluces, Conjuros vegetales, de Antonio Rubio, Lo que duran los cuentos, del mismo autor, Poemas híbridos de Bernardo Atxaga, La luna de Jaime Sabines, Marinero en tierra de Rafael Alberti, El romancero gitano de Federico García Lorca, Poemas de animales de Gloria Fuertes, Carmina de Catulo, Poemas de Safo, El viaje definitivo de Juan Ramón Jiménez, La oveja negra y otras fábulas de Augusto Monterroso, Admiróse un Portugués  de Azorín, El sabio de Pedro Calderón de la Barca, Existe una felicidad libre de euforia, de J. A Iglesias, El libro del Buen Amor del Arcipreste de Hita, Al olmo seco de Antonio Machado, Romance del enamorado y la muerte, Anónimo…
Los asistentes nos sentábamos en un silencio sepulcral. Mirábamos interrogantes a la mujer tapada con el tul, que se nos antojaba una diosa, una musa, en todo caso un ser ajeno a nuestra existencia.
Una vez todos y todas dentro, una vez sentados, una vez hecho el más profundo de los silencios la mujer habló:

Como bien sabéis, los bomberos de ahora incendian. Dice mi tío que los de antes sofocaban fuegos.
Os convoco porque apremia tomar medidas. Han quemado una de nuestras mayores bibliotecas del país. Era nuestra Alejandría y a su moradora, nuestra Ipatia. Se inmoló  en el fuego y con sus libros por temor a que le hicieran hablar y dar así nuestros nombres.
No sé si sabéis que la academia de bomberos está formando a miles de cadetes. Ya no les basta con voluntarios, que son muchos.
El acecho es cada vez mayor. Y guardar libros se hace difícil y peligroso.
Desde la resistencia sólo nos queda una fórmula, convertirnos en Hombres y Mujeres-libro. Hemos de memorizar los libros. Todos los libros que seamos capaces.
Esta dictadura no durará para siempre, y cuando volvamos a ser hombres libres, necesitaremos las palabras de los que nos han precedido. Necesitamos a nuestros autores y sus libros. Sólo de esta manera podremos recuperar la memoria de nuestros poetas y pensadores.
Sed cautos, pero ampliar la red todo lo que podáis.
Y recordad que sólo desde el conocimiento seremos hombres y mujeres realmente LIBRES.

Se retiró el velo y una campanilla de la mano de la anfitriona tintineó levemente, la ceremonia se había iniciado. Uno de los asistentes se incorporó, ya no recuerdo el orden, no me dieron los dioses tanto prodigio, sentado en la silla que antes ocupara la mujer del velo, comenzó su discurso, La luna de Jaime Sabines:

La luna se puede tomar a cucharadas
o como una cápsula cada dos horas.
Es buena como hipnótico y sedante
y también alivia
a los que se han intoxicado de filosofía.
Un pedazo de luna en el bolsillo
es el mejor amuleto que la pata de conejo:
sirve para encontrar a quien se ama,
y para alejar a los médicos y las clínicas.
Se puede dar de postre a los niños
cuando no se han dormido,
y unas gotas de luna en los ojos de los ancianos
ayudan a bien morir.
Pon una hoja tierna de la luna
debajo de tu almohada
y mirarás lo que quieras ver.
Lleva siempre un frasquito del aire de la luna
para cuando te ahogues,
y dale la llave de la luna
a los presos y a los desencantados.
Para los condenados a muerte
y para los condenados a vida
no hay mejor estimulante que la luna
en dosis precisas y controladas.

La luna de Jaime Sabines se queda en silencio y se acerca a encender una vela, cuyo débil fuego es el símbolo de su existencia, existencia albergada en la memoria de aquel hombre.
Prendida la llama La luna de Jaime Sabines regresa a su asiento. La anfitriona recita con un gesto parco la palabra “ceremonia” y toda la habitación queda en silencio.
La campana, con su tímpano sonoro vuelve a avisarnos y Tu risa de Pablo Neruda inicia su letanía:

Quítame el pan si quieres,
quítame el aire, pero
no me quites tu risa.
 
No me quites la rosa,
la lanza que desgranas,
el agua que de pronto
estalla en tu alegría,
la repentina ola
de planta que te nace.
 
Mi lucha es dura y vuelvo
con los ojos cansados
a veces de haber visto
la tierra que no cambia,
pero al entrar tu risa
sube al cielo buscándome
y abre para mí
todas las puertas de la vida.
 
Amor mío, en la hora
más oscura desgrana
tu risa, y si de pronto
ves que mi sangre mancha
las piedras de la calle,
ríe, porque tu risa
será para mis manos
como una espada fresca.
 
Junto al mar en otoño,
tu risa debe alzar
su cascada de espuma,
y en primavera, amor,
quiero tu risa como
la flor que yo esperaba,
la flor azul, la rosa
de mi patria sonora.
 
Ríete de la noche,
del día, de la luna,
ríete de las calles
torcidas de la isla,
ríete de este torpe
muchacho que te quiere,
pero cuando yo abro
los ojos y los cierro,
cuando mis pasos van,
cuando vuelven mis pasos,
niégame el pan, el aire,
la luz, la primavera,
pero tu risa nunca
porque me moriría.

Finalizado el cántico Tu risa del poeta chileno prende su llama y se sienta. La anfitriona vuelve a recitar el conjuro: “ceremonia” y hace titilar la campanita una y otra vez. A lo largo de una hora y media se suceden los versos de cada uno de los hombres y mujeres que han acudido al rito.  Cada uno de ellos ha dejado su rastro, su huella en la sala, la huella de su memoria. Para terminar, a petición de la anfitriona cantan juntos el Romance del quintado, Anónimo:

Ciento y un quintado llevan, todos van para la guerra.
Unos ríen y otros cantan; otros bailan y otros juegan.
Si no es aquel buen soldado, que tan largas son sus penas,
que el día que le casaron, sus bodas fueron sin fiestas.
Ya se acerca el capitán, le dice de esta manera:
- ¿Qué tiene mi buen soldado; qué tiene que no se alegra?
Que el día que me casé me llevaron a la guerra
y he dejado a mi mujer, ni casada ni soltera.
Coge mi caballo blanco y vete en busca de ella,
que con un soldado menos, también se acaba la guerra.




Silencio. Ya no avisa la campana. Fuera, en el mundo, los bomberos seguirán acechando a los hombres y a las mujeres, a los libros, a los cuentos, a los poemas. Fuera, la vida seguirá riéndose porque no existe la posibilidad de vivir de otra manera que no sea la de la obligatoria felicidad, los corazones seguirán palpitando, pero… los poetas guardarán en su memoria el terrible secreto de los libros.
En el mundo de fuera todavía siguen ardiendo las bibliotecas:



domingo, 4 de diciembre de 2011

EL BAÚL VOLADOR: El juego de la ruleta china

Es día 1 de octubre y se inicia la segunda sesión de nuestro Seminario de Literatura: Ana Pelegrín, en la ilustre biblioteca de Acción Educativa. La sala está repleta de maestros y maestras. Maestros y maestras llegados de un montón de centros de la Comunidad de Madrid y de la Comunidad de Castilla la Mancha con la intención de seguir trabajando con sus chicos a “pie de pluma”.
Federico Martín Nebras, quien ideara el seminario hace algunos años, asiste en calidad de maestro, de cuentista, de juglar, de incitador de versos, de poeta…
Nos presenta la obra de Esperanza Ortega El baúl volador. Este libro ofrece muchísimas alternativas para poder trabajar la literatura creativa en los centros de Secundaria, pero que con poco esfuerzo podemos adaptar las propuestas a otras edades como Infantil o Primaria.
Hablamos de la autora y Federico nos relata algunas anécdotas de Esperanza como profesora, hace referencia a otras obras suyas como: Las cosas como eran y La mano sobre el papel.

El título de la obra con la que vamos a trabajar durante esta y las siguientes sesiones, El baúl volador, lo toma la autora de uno de los cuentos de Andersen: La sombra y otros cuentos. El danés muestra en este cuento suyo una filosofía protestante de riqueza hacia el interior, no hacia fuera, no de ostentación.
Como poetisa, Esperanza Ortega bebe de la poesía de Garcilaso, Juan Ramón Jiménez, la generación del 27, pero especialmente del poeta Francisco Pino, poeta ultraísta, de vanguardia, autor de Siempre y nunca.
Con El baúl volador, Esperanza Ortega tiene la pretensión de hacer poetas a los alumnos pues… como dice Federico: “Sin expectación no hay poesía. La poesía es un estado, un estado de expectación, como pasarse la vida sobre un tejado, esperando…”

"Una estrella
no se apaga
ni aun cuando
la sople
el alba."

Francisco Pino.
1910-2002.

Después comenzamos a jugar con el lenguaje, con los sentimientos, con la intuición. Para ello nos propone Federico atender a una de las propuestas de Esperanza Ortega en El baúl volador, concretamente EL JUEGO DE LA RULETA CHINA (página 57)
Partimos de una condición “Si fuera… ¿cuál sería?”, “Si yo fuera lluvia…” y a través de ella se establece un catálogo de semejanzas, de comparaciones en el que cada alumno se imagina un color, un olor, un sabor, una flor, un árbol, un cuadrúpedo, una forma geométrica, un número… que el maestro nos va sugiriendo. De este modo, nos encontramos con textos como

                    SI YO FUERA LLUVIA
Si yo fuera lluvia
sería como mil lágrimas
cayendo sobre tu rostro.
Si yo fuera lluvia
sería los siete colores del arco iris
para alumbrarnos todas las noches.
Si yo fuera lluvia
sería  como una alondra
para soñar juntos nuestros miedos.
Si fuera lluvia
sería un sauce llorón
para derramarme en tu cuerpo.
Si fuera lluvia
sería como el chocolate negro
deshaciéndome en tu boca.
Si yo fuera lluvia
sería un tigre salvaje
corriendo trás de ti para abrazarte.
Si fuera lluvia
sería como la hierba fresca
humedeciendo tus pies descalzos.
Si fuera lluvia
sería como los alhelíes
floreciendo siempre en tu pecho.
Si fuera lluvia
sería el número infinito
para nunca dejar de enumerarte.
Si fuera lluvia
sería como el mar
buceando en tus recuerdos.

Otra compañera:

Si yo fuera lluvia sería amarilla
Y pintaría otoños los fines de semana.
Si yo fuera lluvia olería a azahar
Y perfumaría el aire que respiras cuando estás triste.
Si yo fuera lluvia tendría sabor a canela
Y te despertaría los recuerdos felices de meriendas pasadas.
Si yo fuera lluvia sería un chopo muy alto
Y curaría con mi susurro tus penas de amor.
Si yo fuera lluvia sería jazmín
Aguardando la noche para estar contigo en aquel patio.
Si yo fuera lluvia sería un mar interior cuajado de grullas.
Si yo fuera lluvia sería gacela azul,
         y un ocho dormido
         o un número irracional
         y una espiral infinita.
                       

 Otro de los asistentes, escribe:

Si yo fuera lluvia sería gris para posarme sobre tu pelo.
Si yo fuera lluvia olería a la tierra mojada de los campos de mi infancia.
Si fuera lluvia sería espumosa y efímera como el tacto de un vino rosado.
Si yo fuera lluvia sería como un cerezo sin flor en el valle del Tietar.
Si yo fuera lluvia sería como un gorrión espía de conversaciones en el parque del Retiro.
Si yo fuera lluvia sería un gato que vigila tu tejado.
Si yo fuera lluvia sería un círculo, sin aristas.
Si yo fuera lluvia sería un charco.
Si yo fuera lluvia sería un ocho circular e infinito.
Si yo fuera lluvia sería una lágrima inédita.
                                    

Después de jugar a las condicionales comparadas refinamos el texto y lo convertimos en un poema, para ello nos quedamos sólo con la parte importante de la pregunta y con la parte importante de la respuesta: forma, naturaleza, animal…
Otro ejemplo, sería:

Tinte que derrama
la flor de la aliaga,
dame tu almizcle opaco,
y una esfera translúcida
de siete notas musicales ,
que cante por los caños
de una fuente serena.

Y más lluvia que no cesa:


Lluvia.
Circular, sin aristas,
charcos.
Tierra mojada
en los campos de mi infancia.
Lluvia,
gotas.
Gorrión que espía conversaciones,
gato que vigila tu tejado.
Lluvia: lágrima inédita.

O ganas locas de implorarle a la tierra...
Asaetada la tierra
dulcemente asaetada,
se deja penetrar
sin decir nada.

Todo se vuelve manso,
discurre por lo profundo
trazando laberintos
que nadie recorre.

¡¡¡Brota!!!
desde el mismo pecho,
desde el mismo vientre
que nos parió a todos,
con la nana del arroyo,
con la canción de la lluvia,
con la sinfonía del mar.

Y ya más cerca de la gota que de la lluvia:
           
Jazmines níveos,
tarde suave de agosto,
corcel de mi infancia
sobre el que galopo.
Ramas ondulantes,
cabellos al viento,
me hundo en tu vientre,
te olvido y te anhelo.
Pero necesitamos más de la lluvia, de la poesía: su esencia, como decía Juan Ramón. Y me vienen sus versos a la memoria…
Vino, primero, pura,
vestida de inocencia.
Y la amé como un niño.
Luego se fue vistiendo
de no sé qué ropajes.
Y la fui odiando, sin saberlo.
Llegó a ser una reina,
fastuosa de tesoros…
¡Qué iracundia de hiel y sin sentido!
…Mas se fue desnudando.
Y yo le sonreía.
Se quedó con la túnica
de su inocencia antigua.
Creí de nuevo en ella.
Y se quitó la túnica,
y apareció desnuda toda…
¡Oh pasión de mi vida, poesía
desnuda, mía para siempre!
                     (Páginas escogidas, Gredos)

Por eso nos adentramos en el mundo del haikú.
El haikú es una breve composición poética de origen japonés que se encuentra muy ligada al mundo de la meditación. Suelen primar los temas referidos a la naturaleza o el paso del tiempo por eso se presentan los textos como una fotografía, como una imagen, como un impacto.
La métrica del haikú es sencilla: son textos constituidos por 17 sílabas que se organizan en tres versos: un verso de cinco, un verso de siete y un último verso de cinco. Para su formación se tienen en cuenta las reglas de la métrica que hacen referencia al acento, es decir, se suma una sílaba más si la última palabra del verso es aguda y se resta una sílaba si la última palabra del verso es esdrújula. También se tienen en cuenta la sinalefa y la diéresis.
Para ejemplificar las bases del haikú, Federico nos recita varios, entre ellos consigo rescatar el siguiente del poeta Octavio Paz:


                                               Árbol perdido
                                          en diecisiete sílabas
                                            sueñas y duermes.

Así que nos ponemos manos a la obra y surgen de entre nosotros grandes maestros y maestras del haikú. Seguimos utilizando los textos poéticos previos que hablaban de la lluvia. A continuación varios haikús de los y las asistentes:

           Canten los caños
       una esfera translúcida
flor de la aliaga.
           

Pincel de plata
                             mar cuajado de grullas
                                   gacela azul.
                                              

                                   Vital frescura.
          Mi ligera alegría.
Serena fuerza.
                                              

                                   Un charco quieto
                                  gato tras los tejados
                                   lágrima inédita.
                                 
                                   Jazmines níveos
                                 en la tarde agosteña
                                     bajo el azul.
             


Pero esto no es todo. Hay textos, hay poemas más allá del haikú, todavía podemos ir más a la esencia, a la poesía desnuda de la que hacía alarde JuanRamón. Como ejemplo, de nuevo, el poeta Octavio Paz: “Grillo: berbiquí de la noche”.
Y desnudas siguen fluyendo las metáforas:

                        Lluvia: lágrima inédita.
                                   Lluvia: trino de agua.
                                               Lluvia: gotas de música.
                                                          

Aquella mañana el otoño no se había despertado. El cielo sugería la continuidad del verano. Lucía el sol y nuestro segundo encuentro literario, poético, había resultado una vez más, delicioso.